COOPERATIVISMO OBRERO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN SOCIALISTA

      ALGUNAS LECCIONES PARA EUSKAL HERRIA


      7.9. AUTOGESTIÓN DE EUSKADIKO EZKERRA Y REPRESIÓN DE EUSKAL HERRIA

      Andrés Bilbao cita la fecha de 1984 como la de la consumación de la derrota estratégica del movimiento obrero español. Precisamente, en Hego Euskal Herria, en el 30 de junio de 1984 tuvieron lugar los "Encuentros sobre Autogestión y Socialismo en Euskadi" organizados en Arrasate por la extinta Euskadiko Ezkerra, justo cuando se iniciaba una ofensiva en toda regla contra el movimiento obrero vasco en una de sus bases fundamentales, la del metal y construcción naval. Tal ataque lo estaba realizando el Gobierno del PSOE, partido en el que se terminaría integrando el sector oficial de EE que dirigió la elaboración del documento que analizamos. Recordemos que el PSOE llegó al Gobierno de Madrid el 1 de diciembre de 1982; que el 6 de julio de 1983 el Gobierno decretó la regulación de las inversiones en la siderurgia integral; que durante los meses posteriores se incrementa la movilización obrera y popular contra dicho ataque, mostrando su fuerza en la gran manifestación del 13 de diciembre en Bilbo contra la reconversión naval.

      Recordemos también que el 23 de enero de 1984 los trabajadores de Aceriales comienzan una huelga contra la reconversión del sector; que el 3 de febrero de ese año se realiza una contundente Huelga General en Hego Euskal Herria contra lo que el pueblo trabajador vasco entiende ya como una ofensiva estatal destinada a desertizar y empobrecer industrialmente al país; que pese a todo ello, el Estado impone por Real Decreto del 13 de junio la Ley de Reconversión Naval; que las movilizaciones se extienden y se plasman en duras luchas en las empresas directamente atacadas, como en Euskalduna, astillero emblemático, en la que muere un trabajador el 23 de noviembre de ese año en la mitad de un enfrentamiento con la policía; que el 26 de ese mes se produce una Jornada de Lucha en Hego Euskal Herria como protesta a esa muerte; que, por no extendernos más, el 11 de diciembre de 1984 se produce una Huelga General en Bizkaia y una Jornada de Lucha en el resto de Hego Euskal Herria contra la desertización industrial del país.

      Una constante en ascenso a lo largo de este período es la progresiva toma de conciencia popular de que la llamada "reconversión naval" era sólo la forma externa de un devastador ataque contra el grueso de la industria vasca y, a la vez, contra el decisivo sector industrial de la clase obrera, que vertebra al pueblo trabajador vasco en su conjunto. No hace falta decir que fue la izquierda abertzale la que denunció este objetivo, pero tampoco hace falta decir que el sindicalismo español lo silenció y pasó a colaborar abiertamente con él, desmovilizando al movimiento obrero que controlaba. No podemos entrar ahora al significado que tuvo el ataque estatal contra Euskalduna, uno de los centros referenciales del movimiento obrero vasco con un decisivo componente abertzale mayoritario, astillero plenamente rentable y con futuro, mientras que el Estado español mantenía abierta con ayudas a fondo perdido a la Naval de Sestao, astillero en el que el sindicalismo reformista español era mayoritario. Este ejemplo decisivo no es sino uno más que confirma que el objetivo de fondo era destruir las bases materiales y simbólicas de existencia y crecimiento del pueblo trabajador vasco y, en general, de Hego Euskal Herria.

      Esto nos plantea una reflexión estratégica que sólo podemos exponer en sus líneas maestras, pero que es imprescindible para contextualizar el papel histórico general jugado por Euskadiko Ezkerra y en concreto sus tesis sobre autogestión y socialismo. Nos referimos a la estrategia global de aplastamiento del independentismo vasco y de la propia identidad nacional de Euskal Herria mediante la destrucción de la izquierda abertzale y del amplio y diverso movimiento armado existente en esa época, destrucción que no sólo se buscaba con las leyes represivas aplicadas --recordemos que el Plan ZEN entró en vigencia al poco de llegar el PSOE al Gobierno de Madrid-- sino también con la destrucción de las bases materiales de crecimiento de la identidad del pueblo trabajador vasco, y en especial de su componente socialista e independentista, inseparable de la historia de la lucha de clases y de la base industrial del capitalismo vasco. En realidad, el PSOE estaba aplicando contra Hego Euskal Herria la misma estrategia general aplicada contra la centralidad del Trabajo en Alemania Occidental, Italia, Gran Bretaña, Estado francés, EEUU, etc., pero con la diferencia cualitativa de que aquí esa represión tenía un definitorio contenido y esencia de destrucción nacional vasca y de reforzamiento del poder capitalista español.

      Mientras que en los Estado citados, y en otros, la burguesía destrozaba las bases sociales de las izquierdas revolucionarias, de las organizaciones armadas, de los sindicatos sociopolíticos, etc., aplastando las grandes aglomeraciones industriales, el llamado "obrero-masa" de la fase taylor-fordista en el marco keynesiano de regulación, mientras sucedía eso, en el estado español la ofensiva reaccionaria se aplicaba desde los claudicantes Pactos de la Moncloa, como hemos visto. Uno de los objetivos en los Estados citados era, también, destruir las bases de las organizaciones armadas, de la violencia directa y difusa, de la autodefensa obrera, del sabotaje social, de las resistencias cotidianas, es decir, de las luchas ascendentes de oposición al Capital por parte del Trabajo. Muchos autores han estudiado esta estrategia global, pero de los fácilmente accesibles citamos a Mario Moretti en su texto "Brigadas Rojas", en donde muestra cómo la derrota de esta organización armada no se debió a la efectividad estrictamente policial sino, decisivamente, a la "reconversión industrial", es decir, de la destrucción de las bases materiales de centralización del movimiento obrero revolucionario.

      Pues bien, la tarea básica de Euskadiko Ezkerra en la época que analizamos ahora fue la de, por un lado, legitimar la extinción de la lucha armada mediante la desaparición del sector minoritario de ETA pm que se identificaba con sus tesis y, por otro lado, sentar las bases para la extinción del ya reducido movimiento obrero abertzale que seguía controlado mediante la aceptación del interclasismo. No podemos decir nada ahora sobre la primera tarea, porque supera los objetivos de este texto, aunque en el fondo es inseparable de la segunda, que sólo se entiende en su pleno sentido recurriendo a la primera. El documento que ahora vamos a criticar se inscribe en esta dinámica degenerativa de EE hacia su desaparición y subsunción real en el Estado español vía integración en el PSOE.

      La primera parte del documento recoge la intervención de Mario Onaindia en la que expone los ejes reformistas de todo el proyecto autogestionario. Naturalmente, no puede renunciar a toda la tradición marxista de golpe, sino gradualmente, y es así como debe entenderse la siguiente afirmación: "La autogestión reside sobre todo en la organización de la empresa de modo que comiencen a superarse las divisiones entre el trabajo intelectual y el trabajo manual, entre dirigentes y dirigidos, que es uno de los motivos fundamentales del desarrollo de la alienación en el sentido preciso que otorgaba Marx a este término". Formalmente, en abstracto, esta definición tiene tantas limitaciones como queramos sacárselas al contrastarla con la práctica concreta, pero siendo indulgentes podemos sintetizar esas limitaciones en una sola, que no tiene en cuenta el decisivo problema de la propiedad privada de los medios de producción.

      Pero Onaindia abandona bien pronto el reino de la abstracción, y pasa a posicionarse abiertamente cuando tras decir que la historia de la emancipación socialista se ha caracterizado por tener que optar por dos corrientes opuestas, la que defiende la necesidad de la ruptura revolucionaria del sistema capitalista y la que defiende la lenta y paulatina transformación interna mediante la superioridad político-cultural de la clase trabajadora sobre la clase burguesa. Esta segunda opción viene a ser una copia del proceso anterior por el cual la burguesía triunfó sobre el sistema feudal, conquistando lentamente el poder político mediante la superioridad sociocultural y sociopolítica. Onaindia dice que: "los últimos cien años de capitalismo y de historia del movimiento obrero dan la razón a quienes consideraban que la marcha de la clase obrera sería, salvando las distancias, similar a la marcha de la burguesía. Es cierto que se plantea el problema de cómo puede la clase obrera adquirir conciencia de su misión histórica, pero tal problema no es tanto de cultura, de instrucción, cuanto de conciencia socialistas y de cultura socialista".

      Una de dos, u Onaindia es un ignorante al desconocer las terribles y sangrientas revoluciones políticas que necesitó la burguesía en los Países Bajos, Gran Bretaña, EEUU y Estado francés, para citar los casos menos violentos, para liberarse del sistema feudal, u Onaindia es un mentiroso que conscientemente falsea la realidad histórica para dar una irreal versión de la evolución histórica. La burguesía ha llegado al poder chorreando sangre por todas sus costuras. De todos modos, el problema es más grave porque Onaindia desconoce u oculta la diferencia cualitativa entre las revoluciones burguesas y las revoluciones socialistas, pero no podemos explayarnos ahora en esta cuestión algunos de cuyos aspectos centrales ha aparecido varias veces a lo largo de este texto. Partiendo de esta disyuntiva entre la mentira o la ignorancia --¿por qué no de ambas a la vez?-- podemos acercarnos a la idea de Onaindia de que tanto el socialismo stalinista como la socialdemocracia han fracasado y que hay que buscar una tercera vía, una alternativa intermedia en unos momentos de extensión del paro y de la robotización.

      Desde esta tesis Onaindia sostiene que: "Sólo el desarrollo de la autogestión plasmado en experiencias concretas puede devolver la confianza en sus fuerzas a una clase que parece cada vez más laminada por la división interna entre quienes tienen trabajo y se encuentran en paro, entre quienes están sindicados y no, etc. Y cuando los trabajadores han abandonando la confianza depositada en experiencias revolucionarias llevadas a cabo precisamente en países que económicamente se encuentran menos desarrollados que Europa. y por tanto, con menos posibilidades de superación del sistema". Antes de releer esta cita conviene recordar además de la coyuntura sociopolítica rápidamente resumida arriba, la de los años entre 1982 y 1984, cuando la "reconversión industrial", también el contexto largo de lucha vasca, para comprender la enorme distancia que existe entre las divagaciones de Onaindia y la realidad vasca. Desde 1966 hasta 1984, la clase obrera vasca mantenía un áspero enfrentamiento con la burguesía en el que la "confianza" en experiencias exteriores jugaba realmente un papel secundario comparado al de otros Estados europeos. En realidad, Onaindia reflejaba en esta cita su irreversible distanciamiento de la realidad social y su deriva ideológica.

      Aun y todo así, lo grave de esta cita es que presenta una determinada "autogestión" como la alternativa a la crisis de confianza de los trabajadores. ¿Cómo se relaciona esta "autogestión" con la esperanza nueva de los trabajadores desmoralizados? Mediante esta definición de "socialismo": "Yo me inclinaría a definir el socialismo como un sistema económico en el que la democracia no se limita al terreno de la política, sino que se amplía y se extiende también a la economía y a todas las esferas de la vida individual y colectiva. Y en el terreno de la economía en concreto se debe extender tanto al seno de la empresa a través de la autogestión sino también al conjunto de la economía de la sociedad a través de la planificación económica por parte del Estado". Esta definición de socialismo no se parece en nada a la marxista porque desaparecen cuestiones claves como el problema de la propiedad, el problema del valor de cambio y de la mercancía, el problema de la ley del valor-trabajo, etc. Tampoco se dice nada del contenido de clase del Estado, y otras muchas cosas. En 1984, y en la realidad vasca de entonces, esta definición encajaba perfectamente con las necesidades de la lucha ideológica del Capital y del estado español.

      Llegamos así al otro componente decisivo de la ideología de Euskadiko Ezkerra, el de la aceptación del marco político impuesto por el Estado español desde 1978. Tras repasar varios de los problemas comunes sobre los riesgos de integración del cooperativismo y de la autogestión ene el sistema, problemas que en estas páginas hemos visto repetirse desde el inicio del siglo XIX, como mínimo, Onaindia dice que: "de ahí la importancia en que se cree un Consejo Socio-económico cuya misión sea que la reconversión y la reindustrialización del país no se dé al socaire de las empresas transnacionales sino por una decisión democrática y en las que las instituciones democráticas jueguen un papel relativamente planificador y en segundo lugar, que se cree una coordinadora de todas las experiencias. Las instituciones democráticas deberían dar a las mismas el rango de sector público vasco". En pleno 1984 el Estado español recortaba sistemáticamente las anteriores promesas de "democracia autonomista", pues tras el tejerazo del 23-f de 1981, se había impuesto una auténtica recentralización nacionalista española. Además. Los crímenes del GAL, los ataques antiobreros, los cierres político-empresariales de fábricas enteras, el comportamiento del sindicalismo amarillo, etc., todo y más se vivía en 1984 mientras EE hablaba de "democracia".

      En estas condiciones, crear esperanzas sobre las virtualidades de un marco democrático no sólo extremadamente limitado e incompetente, sino pensado y diseñado para asegurar la continuidad del capitalismo español --"cambiar algo para que nada cambie", había dicho Fraga Iribarne-- era tanto como ocultar la gravedad del ataque que se ocultaba tras la llamada "reconversión industrial". Y dado que, según hemos indicado antes, el objetivo último de la "reconversión" era la destrucción de la base material sobre la que se levanta el pueblo trabajador vasco, es perfectamente comprensible la admisión de EE de la legalidad impuesta por el franquismo moribundo. La "democracia" de 1984, como la actual, era el celofán que embellecía el sistema de poder existente. La admisión de dicha "democracia" exigía renunciar además de a la crítica radical y revolucionaria también y sobre todo renunciar a presentar un modelo alternativo, un modelo de construcción nacional vasca. En ningún momento, Onaindia y EE en todo el documento presentan un modelo nacional vasco alternativo a la "democracia" oficial. Al contrario. Su esquema es estrictamente vascongado, limitado a la CAV.

      En el apartado dedicado a las sociedades anónimas laborales se analizan sus limitaciones pero se opta abiertamente por ellas, defendiéndolas y exigiendo toda clase de apoyos institucionales. Pero no se dice nada de qué propone EE para sus militantes en ellas, de qué criterios nacionales y progresistas han de desarrollar sus militantes dentro de ellas, sólo se dice que: "Como Empresas de socios-trabajadores, ofrecen la posibilidad de practicar la autogestión, papel en el que los Sindicatos deben intervenir activamente". Nada más, aunque podría considerarse como "mucho" teniendo en cuenta que en el apartado siguiente, "El cooperativismo ante la crisis económica", desaparece toda referencia a los sindicatos y a la autogestión. Parece que no ha existido nunca el duro y permanente choque entre, por un lado, el cooperativismo oficial e interclasista y, por otro, el cooperativismo obrero y la autogestión socialista. Ahora, para EE, el cooperativismo es únicamente una opción económica más.

      Por último, es en el apartado "La autogestión en Euskadi" donde se insinúan algunas suaves críticas al cooperativismo oficial: "Identificación del éxito cooperativo con el éxito puramente económico", "la participación como elemento subordinado" y "tendencia a la descalificación de las críticas de fondo". Se reconoce que hay contradicciones internas, que la crisis ha agudizado las tendencias burocráticas, que también ha habido prácticas de solidaridad interna, entre los asociados, pero, excepto esto, ¿qué propone EE para después del 30 de junio de 1984? Exclusivamente soluciones económico-institucionales dentro de la "democracia" existente, aderezadas con una fraseología como esta: "Es evidente que las fuerzas de la derecha, ancladas en el estribillo de la "iniciativa privada", poco o nada van a hacer por favorecer la potenciación de la autogestión, es por ello, que las fuerzas de la izquierda deben ir construyendo el marco ideológico y las alternativas concretas que permitan que las clases populares presionen sobre los poderes públicos para que los proyectos autogestionarios sean llevados a cabo".

      Tras una palabras sobre por qué combatir el consumismo y desarrollar una forma de vida alternativa, sobre por qué luchar por la reducción drástica de las horas de trabajo y potenciar el pleno empleo, etc., se afirma que: "Pero, no es sólo la derecha la que va a dificultar este proceso, por las actuaciones de los dirigentes del PSOE en la reconversión industrial vamos comprobando que los enormes esfuerzos que se exigen a los trabajadores no se ven compensados por las contrapartidas reales de poder político en las empresas y que, de hecho, gran parte de esta reestructuración está soportada en la inyección de dinero público a manos privadas, mayor paro entre la clase obrera, y en ninguna contrapartida a los trabajadores afectados". Debemos interpretar esta amable crítica al PSOE efecto tanto de la creciente resistencia popular y obrera, según hemos visto arriba, como de las diferencias internas en EE entre dos o más tendencias que existían en su seno, antes de que una de ellas, la oficial, decidiera entrar en el PSOE.

      Son estas limitaciones internas de un partido reformista las que explican sus suaves reproches a un Gobierno feroz e implacable, y lo metafísico y abstracto de su "propuesta" definitiva: "Quizá sea el momento de recordarles a estos dirigentes en el poder, que la única reconversión con futuro es la autogestión y el socialismo". ¿Qué quería decir esto en verano de 1984? Antes de responder, hay que preguntarse sobre por qué en ninguna sola línea del documento de EE se hace referencia alguna a la larga, rica y heroica lucha del cooperativismo obrero y popular vasco. Este pasado no existe para EE. Tampoco se dice una sola palabra sobre la experiencia teórico-práctica de la autogestión socialista acumulada durante siglo y medio. Todo esto es borrado, desconocido, y EE se sitúa en el vacío intemporal e inmóvil.

      De este modo, la autogestión de EE aparece como un medio mayormente económico de reforma progresiva de los peores aspectos de la sociedad existente, sin recurrir a opciones radicales. Se trata de la vertebración de la "sociedad civil" mayoritariamente desde sus problemas económicos vividos por grupos pequeños, desclasados subjetivamente y orientados hacia su integración en la "democracia" mediante la participación en las instituciones existentes. Este modelo no se diferencia en nada cualitativo de los diversos modelos interclasistas vistos a lo largo de estas páginas.

      Pero lo peor del proyecto "autogestionario" de 1984 es que en ninguna línea se insinúa ni siquiera remotamente el deseo de avanzar hacia una autogestión nacional vasca. Si comparamos este documento con las experiencias de los años treinta, vemos un impresionante y triste retroceso hacia la lógica española. Incluso si lo comparamos con las tenues ayudas al euskara de las cooperativas de Arrasate, vemos también ese retroceso porque en ninguna línea se insinúa una mínima ayuda a la defensa de la lengua nacional vasca. Podríamos seguir enumerando las ausencias totales de la más pequeña inquietud hacia cuestiones cruciales que afectaban en 1984, como antes y como después, a nuestro pueblo. Es lógico que así suceda porque la autogestión de Euskadiko Ezkerra era sólo un sistema de salvar algunas contradicciones secundarias del capitalismo del momento, ocultando la gravedad de la situación y creando falsas esperanzas reformistas mientras caía la represión, se cerraban empresas y se negaban los mínimos derechos vascos.

      7.10. TECNOCRACIA E INDIFERENCIA NACIONAL DEL COOPERATIVISMO

      Mientras el movimiento obrero iba replegándose bajo la presión capitalista, la pasividad del reformismo sindical, la debilidad de los grupos obreros asamblearios y la lentitud de reorganización de la izquierda abertzale, por su parte el cooperativismo crecía en múltiples formas: de crédito, de consumo, agrarias y campesinas, de trabajo asociado, de viviendas, de enseñanza, de servicios, etc. En abril de 1993 en Nafarroa había un total de 570 cooperativas con 60.762 socios, y a finales de 1995 en la CAV las cooperativas ascendían a 1.666 con 307.610 socios. Ahora bien, no es oro todo lo que reluce. Joseba Polanco Beldarrain ha reconocido en su texto La empresa social cooperativa vasca que aparece en el texto colectivo Soberanía económica y globalización en Euskal Herria, reconoce que:

      "Es claro que existen experiencias cooperativas en Euskal Herria que, siendo conscientes del reto que supone organizar una empresa para sus socios y la comunidad, se han desarrollado, y continúan haciéndolo, comprometiéndose con los mismos; pero también es claro que han nacido en este mundo cooperativo empresas con su mirada puesta en el horizonte personal exclusivo de los socios fundadores, y no sólo descuidan los principios que amparan la fórmula jurídica que les da nombre para desarrollar su actividad empresarial, sino que tampoco dedican una gran atención a la comunidad de su entorno, y en la práctica hacen de su cooperativa un "club" exclusivo de los mencionados socios fundadores, justificándolo con múltiples motivos, que ocultan la ambición de reservar para unos pocos los resultados conseguidos con el esfuerzo de muchos; en la misma línea de lo que criticaron otras personas antes de poner en marcha su experiencia cooperativa".

      El autor citado no descubre nada nuevo y se limita a constatar una degeneración ya advertida por el mismo Arizmendiarrieta cuando dijo que: "Nosotros tememos más para el futuro cooperativo el peligro que tienen los cooperativistas de destinar al consumo más de lo que fuera discreto en cada coyuntura. El mundo capitalista que nos rodea podrá sentirse tranquilo el día que nos vea los cooperativistas llevando un tren de vida de privilegiados, ya que así la reducción de nuestras tasas de inversión o la debilidad de nuestras empresas significará la reducción de nuestra fuerza expansiva y combativa y al propio tiempo también la rotura de nuestra solidaridad con el mundo trabajador".

      Pero estas palabras del sacerdote invierten la causa por el efecto ya que, en contra de la razón que aduce para explicar la integración del cooperativismo en el capitalismo "exterior" y acordémonos de lo dicho inmediatamente arriba, no es el "tren de vida de privilegiados" el que destruye el cooperativismo sino la objetividad de las leyes de producción capitalista. O en otras palabras, esa forma de vida es sólo uno de tantos efectos que nacen de las relaciones sociales capitalistas, y no a la inversa. Arizmendiarrieta sufre de todas las limitaciones del idealismo y de la metafísica. Tampoco Joseba Polanco supera esas limitaciones, peor aún no da una sola explicación de por qué degeneran determinadas cooperativas.

      Analicemos un poco este asunto porque es importante. Joseba Polanco cita los siete principios de la identidad cooperativa fijados en 1995 por la Alianza Cooperativa Internacional (ACI): "Adhesión voluntaria y abierta. Gestión democrática por parte de los socios. Participación económica de los socios. Autonomía e independencia. Educación, formación e información. Cooperación entre cooperativas, e Interés por la comunidad".

      La extrema abstracción de estos principios, común y constante en la palabrería ideológica del cooperativismo oficial, permite comprender que en la práctica el cooperativismo sea tentado y presionado para degenerar en sus objetivos. Se supone que la coherencia ética y cooperativista sirven para asegurar el suficiente desarrollo de los siete principios en cuanto garantías que impidan la degeneración, y de ahí la importancia de esos principios y de la insistencia en la ética y en los valores, que el mismo Joseba Polanco desarrolla en su texto.

      Sorprende mucho el que a la hora de explicar en las condiciones actuales de Euskal Herria los siete principios, el autor al que seguimos excluye sin ninguna razón dos de ellos, el que hace referencia a la participación económica de los socios y que insiste en la educación, formación e información. Es verdad que cuando explica la gestión democrática por parte de los socios insiste en la importancia clave de la formación y de la comunicación entre los socios para asegurar la gestión democrática interna pero, aún así, pensamos que no resuelve el problema.

      Cuando en 1995 la ACI diferenció claramente entre la comunicación y la formación interna para garantizar la gestión democrática por parte de los socios, y la educación, formación e información, como principio específico y diferenciado es porque, obviamente, le daba una importancia propia. Pues bien, una de las causas de la degeneración del cooperativismo no es otra que la independización de los técnicos con respecto a los socios trabajadores directo. La complejidad de las tareas de dirección exige, además de preparación, también una dedicación plena y un acceso total ala información, a la enorme cantidad de datos necesarios para dirigir la cooperativa.

      Los socios trabajadores pueden mantener el ritmo de información suficiente durante un tiempo, pero más temprano que tarde se irán quedando atrás, irán rezagándose. En las asambleas, sin información no se pude decir apenas nada, y el poder queda en manos de quienes poseen información y además están a diario en el meollo de los problemas. Si se retira el principio de educación, formación e información, aunque se insista en que sí están en el interior de otros principios, se están abriendo las puertas de par en par a la burocratización y después a la degeneración. Encima, si también se "olvida" el principio de participación económica de los socios, entonces se acelera y refuerza el elitismo interno, la burocratización y se multiplican los riesgos reales de degeneración.

      El cooperativismo neutro sufre aquí más peligro de burocratización que el cooperativismo obrero y socialista porque en estos últimos, la mayor conciencia obrera y revolucionaria asegura una mayor resistencia, y con respecto al consejismo y al sovietismo habría que hacer una matización importante porque estos dos sistemas obreros tienen una diferencia cualitativa con respecto al cooperativismo, aunque pertenecen, según nuestro criterio, al proceso general que concluye en la autogestión social generalizada. Esa diferencia no es otra que el consejismo surge en momentos de crisis prerrevolucionaria y de doble poder real, de democracia socialista que se vive en medio de la revolución ya abierta y en plena lucha de supervivencia.

      Pero, además de esto, el cooperativismo defendido por Arizmendiarrieta tiene una severa desventaja a la hora de combatir la tendencia al burocratismo, que es consustancial al elistismo, y es precisamente la loa del sacerdote hacia la minoría dirigente, como hemos visto antes. Veamos estas declaraciones suyas: "Han de hacer buena pareja: una dirección empeñada en promocionar a los hombres a sus órdenes y una comunidad que concede amplio crédito a tales gestores". Y estas: "Todos podemos opinar, pero los que fueren capaces de obrar, son los que han de hacer el País".

      Aunque, como hemos dicho también, la obra de Arizmendiarrieta está plagada de ambigüedades y hasta de aparentes contradicciones insolubles entre lo que dice en un momento y lo que dice en otro, siendo así en la superficie de la lectura inmediata, no se puede negar que buceando un poco en su obra se descubre una lógica determinante. Por ejemplo, si bien afirma que: "En al cooperativa todos somos responsables de todo", pese a esto, también insiste en que la dirección de la cooperativa ha de estar a cargo de los más aptos, de los mejor formados, de los más responsables: "En la base de un cooperativismo sano debemos tener hombres que tengan un profundo sentido de responsabilidad, implicados personalmente en el proceso económico y sujetos a la presión social de su respectiva comunidad". ¿Y qué es la responsabilidad? La respuesta es esta: "Tener sentido de la responsabilidad significa ni más ni menos que considerarse totalmente insustituible en lo que le está encomendado".

      Los insustituibles son los que más temprano que tarde terminan acaparando y monopolizando el poder efectivo de la cooperativa. ¿Y los sustituibles? Antes de responder con sus propias palabras, conviene recordar lo anteriormente visto sobre la importancia de la educación para formar a los que "tienen alma de peón", etc., para darnos cuenta de la profunda lógica elitista de Arizmendiarrieta. Recordado eso, podemos comprender ahora lo terrible de esta breves palabras: "No hay hombre inútil, sino mal utilizado". La respuesta es pues sencilla: la dirección insustituible, dirección gestora a la que la base "concede amplio crédito", debe lograr la óptima utilización de los demás, de los que están por debajo, de los que de no ser correctamente utilizados podrían ser inútiles. De aquí a la burocracia omnipotente hay un corto y rápido paso, sobre todo cuando se ha suprimido el principio de la educación, formación e información y el de la participación económica de los socios.

      Lo que está en el fondo del problema es, en síntesis, la escisión entre el trabajo intelectual y el trabajo manual históricamente anterior al capitalismo pero que este modo de producción ha llevado a sus niveles más altos. La rotura de la unidad dialéctica mente/mano se refuerza con la mercantilización que se independiza definitivamente al separar del todo, por imperativos de la acumulación del capital, el valor de uso y el valor de cambio. Dicha escisión se extiende como una marea de ácido disolvente y corrosivo en toda la sociedad, en cualquiera de sus rincones más remotos e insignificantes, porque es un componente substancial y necesario a la explotación capitalista.

      Arizmendiarrieta, que es un ignorante en teoría político-económica, no puede ni siquiera intuir la extrema y objetiva gravedad de lo que ello implica. Su ideología de la separación entre lo "exterior" al cooperativismo --"el mundo capitalista que nos rodea"-- y el mundo "interior" de la vida cooperativista, vuelve a fallar estrepitosamente en el crucial aspecto de las fuerzas objetivas y subjetivas, todas ellas inherentes e internas al capitalismo como sistema, que propician la burocratización generalizada y, en cuanto parte suya, la del cooperativismo oficial y después, o simultáneamente, su degeneración.

      La rotura de la unidad dialéctica mente/mano queda confirmada en el análisis que hace Antxon Mendizabal en Sobre la economía social y cooperativa, recogido en el mismo texto, al hablar del poder de la tecnoestructura sobre la socioestructura dentro del cooperativismo. Mendizabal profundiza en los problemas crecientes a los que se enfrenta el cooperativismo, análisis que no podemos resumir aquí sino sólo a grandes líneas. Comienza afirmando las tres aportaciones que la economía social hace a Euskal Herria, potenciando la territorialidad, la capacidad asociativa y la capacidad de respuesta flexible para aumentar la capitalización.

      Ahora bien, la globalización capitalista presenta a las cooperativas cuatro grandes restos como son, uno, la internacionalización y, en este punto, surgen muchas preguntas sobre todo con respecto a las grandes cooperativas, a MCC, en el sentido de cómo van a organizar su respuesta a la mundialización:

      "¿Cuáles son las modalidades jurídicas, sociales y económicas que viabilizan, o vehiculizan, estas nuevas entidades? Es decir, son las modalidades tipo "joint venture" y las implantaciones localizadas de capital directo del MCC. Ahora bien, ¿qué se va a crear? ¿Se va a crear un centro cooperativista y una "periferia" capitalista? ¿Qué relaciones van a existir entre ellos? ¿En qué medida afecta a la identidad propia de un movimiento cooperativo autogestionario? ¿Qué clase de relaciones se van a marcar entre un centro cooperativo que está en el País Vasco y un centro cooperativo que está en la periferia? ¿Van a ser relaciones de dependencia? ¿Van a ser lugares de donde se extrae plusvalía directamente? ¿O va a haber una dinámica diferente?".

      En este definitorio problema de la conversión del cooperativismo en instrumento de explotación obrera y de extracción de plusvalía, debemos recordar a Marx cuando hace 122 años en su ya citada Encuesta Obrera hacía la pregunta 98: "¿Hay sociedades cooperativas en vuestro ramo? ¿Cómo están dirigidas? ¿Utilizan trabajadores de fuera, al igual que los capitalistas?". Y nosotros preguntamos: ¿qué diferencia cualitativa existe tras más de un siglo entre las interrogantes de Mendizabal y de Marx?

      Un segundo reto es el de la financiación y el de "jugar" en Bolsa: "De cualquier forma, en las inversiones muy importantes, los inversores privados se arrogan el derecho de veto en algunas cuestiones, pero no cuestionan, en lo fundamental la soberanía de los socios-trabajadores sobre la marcha de la empresa, lo cual es un elemento fundamental, que diferencia claramente el modo de "jugar" en Bolsa por parte de las cooperativas y el modo en que lo hacen las sociedades anónimas".

      Un tercer reto del capitalismo actual es el de su impacto sobre la autogestión cooperativa: "La globalización implica nuevas tecnologías, lo que supone cambios en las formas organizativas como el taylorismo, el fordismo, etc., e introduce nuevas estrategias industriales (...) lo que conlleva un proceso de jerarquización que concentra el poder en los organismos centrales y "quita" o limita el poder de las cooperativas de base, que pierden autonomía, y por tanto, su poder real de autogestión disminuye".

      Por último, un cuarto reto es el de la flexibilidad productiva: "si la flexibilidad laboral es asumida por el conjunto de la Economía Social, como medio de mantener la competitividad empresarial y la viabilidad de las empresas, ¿no puede convertirse en la "vanguardia" de la introducción de la flexibilidad sociolaboral para el conjunto del movimiento obrero vasco?".

      El cuádruple reto que el capitalismo actual ejerce sobre el cooperativismo que ahora estudiamos no carece de suelo social, sino que se materializa en una nación oprimida, en un pueblo trabajado al que se le prohiben los mínimos derechos e instrumentos de autogobierno democrático para hacer frente a esos y otros más retos y agresiones. Y aquí surge otro problema decisivo que Mendizabal expone claramente:

      "No hay un proyecto específico de la Economía Social con respecto a la soberanía nacional". El autor es todavía más contundente: "Lo primero que la tecnoestructura tiene que integrar es que las cooperativas del País Vasco no están en España y en el mercado. Sino que están en una realidad como Euskal Herria que tiene vocación de ser un país específico con proyectos sociales, culturales y políticos definidos. Desde esta perspectiva señalaría que para que la Economía Social nos ayude a avanzar hacia la soberanía nacional es clave que haya secrto4es en la tecnoestructura, que es en donde se toman las grandes decisiones, que acepten esta nueva lógica". Pero: "En segundo lugar es importante que los Consejos Sociales, las Juntas Rectoras, etc., lo que representa la socioestructura, también ahí es preciso que haya un movimiento que integre y se articule con el movimiento popular existente en el País Vasco que lucha por la soberanía nacional y por un diseño de desarrollo social diferente".

      Si comparamos estas afirmaciones, con las que estamos de acuerdo, con las de Arizmendiarrieta según los cuales su cooperativismo sería la vía y la solución a los problemas de Euskal Herria, tenemos sacar la conclusión de que su modelo ha resultado un estruendoso fracaso, desde la perspectiva independentista vasca, tras casi medio siglo de existencia. Mas una lectura un poco sistemática de la ideología del sacerdote nos enseña que este fracaso ya estaba anunciado y hasta propiciado por la ausencia total de una comprensión teórica de la dialéctica entre los fines y los medios. Leamos a Arizmendiarrieta:

      "Una de nuestras características ha sido el sentido práctico, el de saber actuar en el ámbito de las posibilidades sin diferencia ni renuncia a los ideales. Se ha sabido aglutinar y no malograr las oportunidades en interés común. Los procesos de asociación no son viables sin moderación, como consentidos por unos y por otros, debiendo de ordinario sacrificar todos algo de sus respectivas posiciones. Las radicalizaciones contravienen a las cualidades más constantes de nuestro pueblo y a las virtudes humanas y sociales de sus hombres".

      Tras esta lectura no debe extrañar a nadie el fracaso práctico de cualquier pretensión de hacer de las cooperativas un sistema de transformación social. Y menos aún debe sorprender ese fracaso en una nación oprimida, como la vasca, contra la que los Estados español y francés aplican todos los instrumentos de control, represión y empobrecimiento económico y lingüístico-cultural. Como efecto de esa permanente agresión, se produce una desarticulación entre los diversos componentes de la nación oprimida y de su pueblo trabajador. Para contrarrestar esa desarticulación, Mendizabal propone:

      "Las cooperativas y todo el conjunto de la Economía social necesita una articulación ideológica, política e incluso, parcialmente, orgánica con el resto del movimiento obrero vasco. La articulación orgánica no existe y la articulación ideológica y política es muy limitada. El hecho de que no haya sindicatos en las cooperativas debilita al movimiento obrero de las cooperativas, debilita la socioestructura y explica por qué en los centros de decisión están, fundamentalmente, representantes de la tecnoestructura (...) la introducción del movimiento sindical en las cooperativas posibilitaría la vehiculización de la potencialidades sociales de este tipo de empresas para las transformaciones de carácter nacional y social que se están planteando para el conjunto del País".

      Volvemos así a la larga experiencia revolucionaria que insiste en la necesidad de una ágil interrelación entre las formas de autoorganización obrera, desde el cooperativismo hasta el consejismo, los sindicatos sociopolíticos y las organizaciones militantes más estables y específicas.

      Hasta aquí hemos analizado el problema del cooperativismo oficial desde la perspectiva de su fracaso en cuanto proyecto progresista dirigido a ayudar a la liberación vasca, proyecto que ha fracasado a la vista de los resultados históricos. ¿Pero si resultase que realmente ha triunfado? Es decir, ¿cuál sería nuestra valoración si analizamos el resultado desde la perspectiva de Arizmendiarrieta y del PNV? Hay que concluir que, desde esta otra perspectiva, el cooperativismo oficial ha triunfado teniendo en cuenta lo que dice Sharryn Kasmir en "El mito de Mondragón":

      "El cooperativismo surgió como una alternativa empresarial al socialismo y al activismo de la clase trabajadora. Desde sus inicios, las cooperativas estuvieron estrechamente vinculadas al proyecto político anti-socialista del PNV para la sociedad vasca y fueron concebidas por el padre Arizmendiarrieta como un medio de superación de la lucha de clases mediante la creación de negocios de capital vasco. Siguiendo este razonamiento, las cooperativas no se han adulterado, más bien vuelven a ser el proyecto reformista de sus orígenes, con importantes beneficios para la economía vasca y con serios inconvenientes para el activismo obrero". En modo alguno podemos resumir aquí el largo texto de esta investigadora, pero sí vamos a concluir con estas palabras suyas:

      "Una conclusión fundamental de este libro es que las cooperativas pueden dividir a las clases trabajadoras. (...) cuando la clase trabajadora vasca vivió una reestructuración en los años sesenta y setenta, los cooperativistas no tomaron parte en ese proceso. La documentación de la época, de fuentes tan dispares como las facciones izquierdistas de ETA y de la Iglesia Católica, deja ver que había una preocupación local por la distancia que había entre los cooperativistas y el resto de la clase trabajadora. Era notoria su ausencia en las huelgas de solidaridad con los trabajadores de fábricas cercanas. El especial dinamismo de la clase trabajadora y la lucha nacionalista que caracterizó a Mondragón desde la fundación de la Unión Cerrajera a comienzos de este siglo fueron decayendo a medida que las cooperativas transformaban las consciencias de gran parte de la población trabajadora. Este hecho se hizo evidente durante la huelga de 1990 en el sector del metal, cuando no acudió ni un sólo cooperativista en señal de solidaridad con sus compañeros y compañeras trabajadores".


      8. PODER OBRERO Y COLECTIVISMO EN CATALUNYA Y ARAGÓN

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